Reflexiones sobre la memoria

memoria

Mi abuela perdió la memoria. Pero no la perdió como sucede en las películas: de un momento a otro, en un instante, por culpa de un fuerte golpe en la cabeza. La perdió de a poco, yo imagino que de a un recuerdo a la vez.

Pensando en su vida, pensando en los dolores –el dolor– que tuvo que atravesar sola, pienso que tal vez necesitó olvidar para seguir viviendo. No creo que ninguna enfermedad sea casual, y pienso que la de ella fue su único mecanismo de supervivencia. Dolores como el que atravesó ella no se van nunca, salvo con la muerte o con el olvido -literal.

Pero no puedo dejar de preguntarme si el dolor se puede olvidar. ¿Y si, a pesar de no poder recordar el motivo, el dolor seguía ahí? ¿Qué pasa si el dolor no tiene que ver con el recuerdo? Tal vez el dolor del alma es como una herida física. Como una daga clavada en el pecho, como una cicatriz en el medio del corazón que nunca se cura del todo.

Pensando en mi abuela, y pensando en estas preguntas, creo que elijo recordar. Porque, incluso a pesar del dolor que se acumula a lo largo de una vida, la memoria tiene algo de poder y algo de sanación. ¿Es posible superar algo que no recordamos?

Hoy, si me dieran a elegir, elijo recordar. Elijo recordar cada uno de mis momentos de felicidad, y cada uno de mis dolores, esos que me trajeron hoy hasta acá. Esos a los que recurro cuando siento que las cosas no están bien: me recuerdan que siempre se puede estar peor.

Pero no la juzgo. Ella eligió el olvido, y habrá tenido sus motivos. Porque tal vez, después de tantos pero tantos años de recordar, eligió el olvido para seguir viviendo.

____

Este texto surgió como parte de uno de los talleres del I Encuentro de Mujeres y Escritura, llevado a cabo en Montevideo la última Semana Santa, y del que tuve el enorme placer de participar.

Para contagiarse un poco de todo el amor que ese evento nos regaló, y sigue regalando al mundo, pueden seguirlo también en Facebook e Instagram.

Deja un comentario