Pensando en vos siempre

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Hoy volví a mirar un viejo escrito mío. Aunque soy joven, ese escrito es de verdad viejo… si lo escribí siendo apenas una niña!

En realidad, yo escribí el boceto. La historia, simple, aunque quizá no para mi corta edad de entonces. Trataba sobre unos chicos que se pierden en el bosque, y son perseguidos por enanos. Me gustaría imaginar cosas tan creativas ahora, pero no me sale.

Mi abuela, en aquella época, hacía teatro leído, como lo conocía yo, aunque comúnmente se le dice “radioteatro”. Decir “en aquella época” es una manera, pero en realidad, hizo teatro leído desde que tengo uso de razón, hasta que ya no se pudo levantar de la cama. Por suerte, el tiempo que no se pudo levantar fue breve, cuando descubrieron que estaba enferma ya no le quedaba mucho tiempo por vivir. Pienso que tal vez fue mejor así.

Amelia, así se llamaba ella, creo que tenía cierta predilección por mí. Mis papás habían construido su casa detrás de la suya, así que desde que nací conviví con ella. No está bien decir que alguien te prefiere sobre los demás, pero ahora que me lo pongo a pensar, creo que era así. Igualmente, creo que era por esto de la convivencia. Almorzábamos juntos todos los mediodías, mis papás, ella y yo. A la noche, ella cenaba en su casa, es decir, a unos 30 metros de la mía. A mi mamá solía pedirle permiso para ir a cenar con ella, y solía dejarme. A veces, igual, se enojaba. De más grande me ha confesado “me molestaba un poco que usaras la casa de tu abuela como tu refugio”. Supongo que son celos lógicos de nuera.

También iba a tomar mates dulces. Los mates dulces de mi abuela eran los mejores. Los hacía en esos mates que son como un pequeño jarro, y aunque tiene un poco de sabor a lata, a mí me encantaban. Había que agarrarlo de la manijita para no quemarse las manos. Ella cebaba directamente de la pava, que siempre estaba un poco apoyada en el fuego para que el agua no se enfriara. La recuerdo cebando mates parada, mientras que yo me sentaba arriba de la mesa.

A veces, cuando iba a casa alguien que me caía mal, también me escondía en lo de mi abuela. Ella nunca me decía “andá a jugar con los chicos que son buenos”. Ella, en cambio, me rescataba, me abría su guarida, y tomábamos mate dulce hablando de lo mal que se portaban los hijos ajenos. O comíamos tortilla de papa, que era un manjar como nunca comí uno igual.

Amelia hacía teatro leído, como creo que ya les he contado, y a veces yo la acompañaba. Me encantaba entrar a la radio, con todas las paredes afelpadas para que no se filtre el sonido. En el centro del estudio, había una mesa larga, y del techo colgaban micrófonos. Mi abuela, y sus compañeros de radioteatro, se sentaban a la mesa, cada uno cerca de algún micrófono, y con su guión en la mano. Entonces se vestían de actores, aunque nadie los viera (nadie excepto yo, claro), y empezaban a interpretar la obra del momento. Yo me llevaba algo para leer por si me aburría, y sino los escuchaba. Después, iba con ellos a tomar un café. Era mi parte favorita del día.

Después de un par de veces siendo espectadora, a Calviño (así se llamaba el director del grupo), se le ocurrió que yo podía participar. En realidad no sé si se le ocurrió a él, a mi abuela, o si lo pedí yo, pero lo cierto es que un buen día, empecé a ir como parte del grupo. No actuaba siempre, sólo cuando en la obra había un personaje de un niño. Supongo que les gustaría porque le daba más realismo. La verdad, ni sé si lo hacía bien, pero me encantaba.

Luego, un día, escribí un cuento de un bosque y unos enanos, y creo que a mi abuela le encantó. Seguramente fue ella a la que se le ocurrió la idea, aunque puede ser que haya sido de Calviño, que creo que también me apreciaba mucho. Lo cierto es que tomaron mi cuentito… ¡Y lo convirtieron en guión!. Siempre me gusta decirlo, fue la primera adaptación de una obra mía para el teatro. Leído en este caso. Por cierto, hasta el momento la única obra mía adaptada para un guión, pero uno nunca sabe. Todavía tengo la esperanza de que haya sido “la primera”.

Un tiempo después, el grupo lo representó en la radio y salió al aire. Vale aclarar que las obras eran, generalmente, grabadas. Así que esa noche cenamos en la casa de mi abuela con la radio prendida. Ahora que lo escribo, me parece como una escena salida de una película de época, pero así fue. La radio, tal como la recuerdo, era grande y negra, e imagino que no tenía muy buen sonido. Pero escuchamos juntos la representación de mi obra en la radio. Me felicitaron por el medio y todo.

Todos estos recuerdos surgieron porque hoy volví a mirar el guión de mi cuento, que mi mamá encontró hace poco en algún cajón. Y descubrí algo que no había visto cuando me lo dio: que atrás, todos los miembros del grupo lo habían firmado. No lo habían firmado con palabras tontas, ni con corazoncitos. Habían escrito felicitaciones hacia mi persona. Hacia mi personita de, como mucho, ocho años. La última firma era de mi abuela. Imposible no reconocerle la letra, si la tengo marcada como fuego en mi memoria. “La presentación fue todo un éxito. Te amo”. Leer eso, por un momento, me la trajo acá de nuevo. Y me dieron ganas de escribirla, para recordarla.

Para que sepa que hay pequeños detalles que me marcaron para toda la vida. Para que sepa que quizá, ese cuento sea la única obra mía que se adapte a otro formato, y que le agradezco infinitamente esa oportunidad. Hoy, que moriría por dedicarme a escribir, y ser famosa , y que la gente mate por mis historias, me doy cuenta que hubo alguien hace como 20 años que confiaba en mí ciegamente, como sólo un abuelo puede hacer. Para que sepa que le debo a ella la emoción que me agarra cuando entro en un estudio de radio. Para que sepa, si desde algún lugar puede recibir estas palabras, que yo también la amo, y que la extraño todos los días, y que daría todo por esconderme en su casa a tomar mates dulces una vez más.

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