Escribir como un acto de locura

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Escribo todos los días. Es lo primero que hago cuando me levanto: las páginas matinales que propone Julia Cameron en El Camino del Artista. Después, escribo durante un par de horas por trabajo -publico en este blog, en tres portales digitales y en el diario impreso una vez por semana. Escribir también puede ser un oficio que se perfecciona con el tiempo y que no requiere mucho más trabajo que aprender a tipear rápido en un teclado.

Escribo en mi Bullet Journal lo que tengo que hacer cada día. También escribo en un cuadernito una interminable lista de cosas que quiero hacer algún día (la mayoría de las cuales no voy a hacer nunca). Hago listas de lugares a los que quiero viajar, anoto frases que me gustan, hago ejercicios de creatividad.

¿En resumen? ¡Escribo todo el día!

Pero hay algo mágico que sucede solo de vez en cuando, que es lo que me enamora y me le da sentido a tantas horas destinadas a esto.

Y es que escribo como un acto de locura.

Escribir como acto de locura

Porque hay días que siento ya no el deseo de escribir, sino la necesidad de hacerlo. Esos días, se apodera de mí una energía diferente a todo lo que conozco. Me levanto pensando en el cuaderno y la lapicera. Abro los ojos y solo pienso en palabras, solo pienso en eso que debe ser dicho.

Debe ser dicho. De eso se trata. Es algo que debe decirse y tiene que pasar por mi mano. Entonces, algo en mí se rompe por un rato. Mientras escribo en esos raptos de locura, no soy yo la que escribe. No es mi cerebro quien dicta. Son las pulsaciones de mi corazón desaforado lo que la mano escucha mientras se mueve. Solo los latidos saben lo que se quiere decir.

¿No hay algo de locura en esa disociación, entre la mano que se mueve y la mente que no puede ser dueña de ella misma?

La palabra fluye en la sangre, baja hacia ese nudo en el estómago, se asoma a veces a los lagrimales para fluir en forma de lágrimas caprichosas. El cuerpo lleva en sus entrañas información que no conocemos.

¿Dónde se almacenan las palabras que aún no han sido dichas? ¿Por qué tienen que salir a veces sin dejarnos lugar a réplica?

Me da risa que digan que no hay que temerle a la propia creatividad. ¿Cómo no voy a temerle a una fuerza que no comprendo, y que es capaz de apoderarse de mí hasta el punto de hacerme perder la razón? ¿Una fuerza capaz de reducir toda una esencia humana a una simple mano que escribe, a un cuerpo ouija?

“El Verbo se hizo carne”, dice la Biblia. El Verbo se hace pulso que dicta, se hace mano que escribe. El Verbo se hace carne, y si no hay algo de divino en el acto demente de dejarse guiar por una hoja en blanco, no puede haber nada Divino.

Escribir, a veces, es un simple acto de locura.

1 comentario

  1. Eu dice: Responder

    Hermoso espejo

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