Carta a la jovencita que fui

carta a la jovencita que fui

Hoy no pude dejar de pensar en vos. Será la luna nueva en Géminis, o que estoy súper hormonal. Por ahí las dos cosas. Pero te pienso en cada momento. De pronto me sonrío recordando alguna de tus travesuras.

Como esa vez que te metiste al mar en plena noche con las chicas y casi perdés un zapato, como una Cenicienta posmoderna. O la vez que estuviste esperando estoicamente toda la noche, porque sabías que la recompensa iba a ser ese beso que tanto anhelabas. Porque para vos, un beso siempre valió más que el tiempo perdido.

Desearía tener tu paciencia y tu determinación, pero en el camino las perdí. O tal vez, simplemente las dejé caer.

No sé qué decirte desde acá. Tal vez estoy escribiendo esto para decirte gracias. Porque cuando me reconozco en esa chica llena de sueños, siento que algo hiciste bien. Yo no sé, a veces pienso que lo arruiné, pero después me acuerdo que vos pensabas lo mismo. ¡Mirá que sos tonta! ¿Cómo lo vas a haber arruinado? Vos hiciste todo bien.

¿Qué diré de mi versión actual, cuando la mire desde el futuro? Ojalá la adore tanto como yo te adoro a vos.

carta a la jovencita que fui

Cuando me pregunto qué nos define, no sé qué decir. Porque a veces pienso en vos y me cuesta creer que alguna vez fui esa persona.

Me siento muy lejos tuyo; pero a la vez, sé que estás en mí. Igual que la nena que andaba siempre sola inventando historias en su cabeza (a la que a veces trataban de rara). O la adolescente que prefería leer historias de amor que vivir historias de amor. Soy todas ustedes, pero me adapté.

Sí, ya sé que oír eso es una decepción para vos. Porque vos nunca ibas a ser una pequeña burguesa. Porque para vos no existía castigo peor que vivir en una jaula. Porque vos preferirías cualquier cosa que vivir encerrada. ¿Pero qué querés que haga? El mundo sigue girando mientras camino. No puedo seguir viviendo en mis sueños mientras el mundo me lleva puesta. No quiero ser la chica rara.

Pero hoy te pienso. Hoy soy vos, porque la luna, y las hormonas y la vida. Lo sentí en la forma en que latía mi corazón y en la velocidad precipitada con la que mi mano se movía en las hojas matinales. Lo sentí en ese dolor en el pecho, que es una mezcla de angustia y alegría y que no sabía a qué adjudicárselo y sólo pude pensar en que vos estás ahí. Lo sentí en la disociación entre mis pensamientos, mis emociones y la vida real. Lo sentí cuando leí cosas que escribí hace mucho, y me sentí identificada. Eso pasa más bien poco.

Mientras te escribo escucho tu música y me sonrío. Pensaba que si tuviera una máquina del tiempo, volvería a vos un rato. Pero veo ahora que no lo necesito porque estás conmigo. No me dejes. Quedate conmigo.

Necesito tu dulzura y tu sonrisa, y tus llantos que no le debían explicaciones a nadie. Quedate conmigo. Quedate siempre.

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