Razones por las que amo la natación

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No tengo ni la más remota duda de que mi elemento es el agua. Primero, ante todo, antes que nadie, viene el mar: mi gran amor. No importa lo horrible que haya sido mi día, no importa cuánto haya llorado el último tiempo, no importa nada, cuando me sumerjo bajo una ola, en ese instante, soy una persona feliz. No quiero más nada en la vida que estar ahí.

Claro que, aunque tengo el privilegio de vivir en una ciudad costera, no soy de las valientes que se atreven a meterse al mar en pleno invierno. Así que, mientras duran el frío y las temperaturas marítimas bajo cero, yo voy a natación.

Debo confesar que mi inconstancia y mi inseguridad, dos amigas que me acompañan desde que tengo uso de razón, me han llevado a alejarme de esta disciplina más de una vez. La cambié por el sedentarismo, en los momentos de especial cansancio; la cambié por el gimnasio, cuando pensaba que eso iba a ser mejor; la cambié por hacer ejercicio “por mi cuenta” (jamás lo hice, pero en mi fantasía sí), y así durante años. La verdad sea dicha, nunca duré en ninguna otra actividad física más de dos meses.

A principio de este 2016, sin embargo, comencé un proceso de cambio, y entre otras cosas, decidí que me tenía que dejar de buscar qué era lo que me hacía feliz, porque en realidad, ya lo sabía muy bien. Anoté todo lo que me hace feliz en un papel, y traté (y sigo tratando) de refugiarme allí para salir adelante. Y así fue que volví a natación. Y de todas las decisiones que tomé, fue una de las más sabias.

nadar

Nadar , para empezar, me relaja los músculos: no hay dolores de cabeza ni de espaldas cuando llevo una rutina de natación constante.

Además, lógicamente, tiene las virtudes de todo deporte: libera endorfinas que me ponen de buen humor, fortalece el sistema cardiovascular, tonifica, etc., etc., etc.

Pero, por lo que más amo la natación, es por esas cosas intangibles, que sólo se entienden cuando lo que hacés realmente es lo que querés hacer. Cuando te conectás con lo que hacés de otra manera, por esa especie de predestinación, porque tus células lo piden a gritos, porque tu cabeza lo pide a gritos, porque tu corazón sabe que es ahí donde tenés que estar. Quizá a muchos les parezca exagerado, pero cuando se trata de tu elemento, no lo es: es la naturaleza misma de tu ser que te pide que lo hagas.

Amo la natación por el olorcito a cloro que me queda en la piel cuando me voy, incluso después de haberme bañado. Amo la natación por la sensación única de pequeña muerte que se siente al sumergirse completo en el agua, conteniendo la respiración, y esa conciencia de resurrección al volver a la superficie, a respirar profundamente el aire fresco, y saber que la vida sigue. Adoro cerrar los ojos abajo del agua (incluso aunque lleve antiparras), y que los sonidos de afuera se apaguen, las luces se apaguen, se apaguen los sentidos como los conocíamos, y que, por unos instantes, desaparezcan el tiempo y el espacio.

Amo la natación porque ahí, suspendida en el agua, soy verdaderamente liviana. Mi cuerpo flota, y flota también mi mente; en el agua, soy aquí y soy ahora, y puedo sentirme bien aunque me sienta mal, puedo disfrutar aunque esté deprimida, puedo ser aunque me sienta vacía. Y después de todo, esa es mi gran búsqueda y allí, en el agua, encuentro por un ratito las respuestas.

 

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